Sin embargo, a pesar de que algunos modelos más igualitarios empiezan a despuntar, el modelo de paternidad tradicional, ausente y encumbrada en el papel de protector-proveedor, nos parece que está todavía demasiado extendido. Aunque pudiera parecer superado en los anuncios del bebé en pañales acunado entre los musculosos brazos y el atlético torso desnudo de su padre ficticio, esas mismas imágenes siguen reflejando los valores de la discriminatoria masculinidad tradicional: el padre siempre fuerte y protector que para defender y salvar necesita tener un poder y una “autoridad” que, sin solución de continuidad, acaba utilizando para someter a quienes debería cuidar. Este modelo de padre tradicional sigue pesando demasiado en el imaginario colectivo y en las actitudes y comportamientos de los progenitores varones, y lamentablemente sigue produciendo profundas discriminaciones que perjudican enormemente a las mujeres.
La realidad es tozuda y los datos que la reflejan también: los padres dedicamos tras veces menos tiempo a las tareas de cuidado de los hijos que las madres y sólo un 3% utilizamos una parte transferible del permiso de maternidad de la madre para cuidar al/la recién nacido/a. Es preciso que los hombres nos esforcemos por cambiar personalmente y cambiar también la estructura del mundo laboral y empresarial junto con las expectativas sociales de disponibilidad absoluta para el trabajo remunerado de los hombres, de forma que sea posible el ejercicio de una paternidad no discriminatoria respecto de las mujeres. Es indispensable seguir progresando en las leyes para que el padre pueda disfrutar, sin ser penalizado en la empresa, de un permiso por nacimiento o adopción irrenunciable, intransferible e igual al permiso de la madre. Sería un paso importante para que los hombres en general -no hablamos de excepciones particulares- empezáramos a implicarnos realmente un poco más en el cuidado y a establecer lazos afectivos más fuertes con nuestros hijos, y para que los empleadores dejaran de ver a las mujeres como las únicas con riesgo de ausentarse por tener hijos.
Por último, en el “Día del Padre” queremos denunciar como una nueva forma de discriminación y perjuicio hacia las mujeres/madres, el movimiento de algunos padres separados que reivindican la custodia compartida no acordada, sino impuesta por un tribunal. Salvando honrosas excepciones y los casos particulares -que los hay, y algunos especialmente dolorosos- en general nos parece que quien no ha compartido al 50% las tareas de cuidado durante el matrimonio, no puede pretender después la custodia compartida tras e ldivorcio, con desprecio del criterio de la madre y con total desvaloración del trabajo de cuidado desarrollado por ella durante años. La atención compartida es una obligación de los hombres antes de la separación y por eso mismo la custodia compartida no es un derecho de aquellos que no hayan asumido previamente la mitad de las tareas domésticas y de cuidado.
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