
La mesa está llena de pequeños paquetes envueltos en papel plateado. La luz, que se explaya sobre todos ellos, reverbera y grita. Ellas callan un momento apenas para, a continuación, comenzar a reír ampliamente, con desmesura diría yo; todo porque el eclipse de sol abría y acontecía la luz, justificando así, de nuevo, a los dioses que ya se marchitaban en este tiempo.
Tiempo sin tiempo, como una mentira manchada con gotas de verdad que mojan el papel y no dejan leer las pocas letras que nos quedan en la punta de los dedos.
Al final, si no tienes tinta, de poco vale.