
Insidia
No paraban de hablar y no decían nada: Menuda, ardiente calma de los silencios que genera la cercanía.
Nunca pensó que después de tanto tiempo sería capaz de sentir, otra vez, un escalofrío al escuchar su voz. Sonaba tan rota como si las rocas que habían caído la noche anterior por la ladera abajo, despeñadas desde su antigüedad, la hubieran golpeado en el centro de la boca.
Insidias II
Hablamos entre líneas y pensamos cuesta arriba,
desde dentro hasta muy abajo,
jugando con el peso de las pastas de los libros de nuestras vidas.
Para algo están.
Si no, para qué estamos.
Si alguna vez te creíste perdida, quizá lo estabas.
Es posible,
pero cuando piso la nieve que acaba de caer
y está depositada, así, suavemente,
en el suelo,
como el silencio,
y mi huella hace que sienta que soy algo
en esa blancura, me produce un placer universal.
Universal con la u atlántica que lo llena todo.
Insidia III
Mi caballo se agita como si fuera gitano y gris. Tiene manchada la piel con lunares verdosos, o no, cenicientos, casi azules, pero fuertes, muy fuertes, sin concretar en momento alguno el lado visible de las sombras.
Así, sin más ni menos, el verso se nos desparrama contra la acera dolorida de pasos cortos y largos. Como la vida.