
La datación exacta de la idea se desconoce. A mí, teniendo en cuenta que es el oficio más tradicional del mundo, me gusta imaginar que sucedió entre la creación de las herramientas y la aparición de la escritura. Veo la cara de aburrimiento que ponía la inventora del sistema mientras contemplaba a unos machos en pleno celo arrearse garrotazos, año tras año, y siempre con el mismo ahínco. Las primaveras debían ser algo así como los hooligan y no sé, digamos los Ultra sur en plena final de
Aquella mujer no sólo puso paz con menos medios, sino que demostró un gran espíritu emprendedor al levantar un negocio en un entorno hostil. De que el entorno era hostil no me cabe la menor duda. Así, a priori, decirle a cualquiera “te voy a cobrar por esto que venimos haciendo gratis”, tiene que cabrear tanto o más que una subida de impuestos. Con la dificultad añadida de que tuvo que decírselo a un público nerviosillo por las hormonas y así, cara a cara, sin un canal de televisión, ni un periódico, ni un ná. Más de un departamento de marketing mataría por saber qué dijo e hizo en semejante situación. Y porque la buena señora, además de un negocio, se estaba inventando los oficios sobre la marcha. Si la pillan ahora, después de la tercera frase bien dicha cualquier listillo de recursos humanos le endiña un contrato, la hace trabajar todo el día hasta el agotamiento y la obsesión, y se le hubiera desinflado la moral. Pero como estaba en los inicios y los inicios, ya se sabe, suelen ser nobles, aún no se habían inventado los contratos por vida y alma, y aquella benefactora pudo empezar su carrera.
El que dude de su bondad para con sus semejantes que reflexione sobre lo que hemos ganado. Sin entrar en la merma que supone para la especie liarse a mamporros con los demás, sólo por el ahorro en vendajes y procedimientos de urgencia tras el rito del apareamiento ya merece el Nobel de economía. Si no es una profesión con glamour y abolengo, que venga Dios y lo vea.