
Cuando se la llevaron, las pinzas se revolvieron satisfechas en su cestillo. Había sido una batalla larga y sorda en la que no había dejado de ser utilizado ninguno de los elementos tácticos necesarios para la victoria, pero eso sí, sólo por una de las partes. Las pinzas habían ganado una guerra que la mujer nunca supo que se estaba librando. Ese había sido el motivo fundamental de la tardanza en la victoria. Durante mucho tiempo aquellos trozos de plástico encintados brevemente por lo que parecía un pequeño alambre sin poder mediático alguno, habían visto como sus trampas más sutiles eran desmontadas inadvertidamente por aquella que las manejaba a diario sin darles la menor importancia.
Ella no sabía que estaba librando una guerra tan cruel, de modo que nunca cavo trincheras ni se proveyó de armaduras ni utilizó armas blancas o negras. Nunca atacó. Esa actitud, incomprendida por las pinzas, que no eran capaces de ver más allá con su mínimo ojo presionado por el alambre, fue lo que hizo que la pelea fuera tan larga y laboriosa. Siempre esperaban ellas un golpe definitivo, siempre creían que había un motivo más allá en aquella aparente falta de interés por defenderse. Se desconcertaban y perdían oportunidades a la manera en que lo hace un jugador avezado cuando un novato, que no sabe los trucos del juego, utiliza el más sutil sin saberlo. Por eso, y no por otra cosa, aquello duró tanto.
Habían intentado en todo ese tiempo mil argucias cada vez más sutiles y complicadas para conseguir librarse de ella. Al principio creyeron que sería suficiente con escapársele de las manos con frecuencia, pero pronto se dieron cuenta de que el malestar que con eso se creaba no llegaba más allá de un parpadeo, es más la mayoría de las veces el efecto era el contrario, la mujer no se sentía torpe con aquello, sino que se reía y olvidaba el asunto inmediatamente. Era tan estúpida que el sonoro chasquido de los golpes no bastaba para ponerla en su sitio. De modo que reunidas en largos cónclaves, ya que tomaban la palabra una por una, convencidas como estaban de su propia y personal importancia, aunque todas vinieran a decir lo mismo, se estrujaban las tripas contra el muelle una y otra vez en busca de nuevas pruebas a las que someter a la enemiga.
- Busca nuestra extinción.
Aseguraban las más decididas.
- Acabemos antes con ella.
Coreaban todas a una, olvidando en el fervor de la masa las diferencias de grupo, precisamente aquellas diferencias irreconciliables que habían sido la causa de la declaración de guerra.
Ella había comprado con ilusión aquellos seis paquetes de pinzas de colores alegres: dos de color rojo, dos de color amarillo brillante, dos de color verde intenso. Una docena de pinzas en cada paquete. Cuando llegó con ellas en las manos -como si fuera un ramillete de flores de campo recogidas con regla y cartabón por un matemático del país de Alicia- inmediatamente las sacó de su orden y -después de vaciar sin piedad en el cubo de la basura a las pobres desarrapadas de madera que habían sobrevivido, no sin graves heridas, a los aires y al sol de una porción de años- las volcó a puñados en su nueva casa: un cestillo de plástico blanquecino con ribetes desgastados de uso.
Esa fue la primera ofensa doble. Y aún triple, si se mira bien, y aún más, mucho más, porque fue una ofensa que desencadenó una guerra sin cuartel como nunca se habían librado antes ni entre los dioses - al fin y al cabo hijos del mismo caos y con poderes semejantes - ni en contra de los hombres, ya que siempre hubo una Atenea que les regalara un manto con que defenderse y siempre hubo un motivo, por espurio que fuera, para atar entre ellos una alianza defensiva.
Al final lo había entendido: una mañana como cualquier otra, la mujer vaciló un segundo antes de quitar de la cuerda la última pinza roja. Un segundo que fue suficiente para reparar en el ojo que la miraba con odio. En ese instante se reunieron en su cerebro todas las piezas del puzzle y comprendió todo lo que la había venido pasando, comprendió que no eran accidentes, ni casualidades, ni vacíos, ni culpas. Miró al cestillo y las vio allí a todas, con los colores vibrando de rabia como los bárbaros de cara pintada. Todo un ejército, docenas de pinzas que vociferaban, que juraban acabar con ella.
Quizás habría reaccionado si hubiera entendido la razón de todo aquello, quizás habría sabido defenderse de un motivo, pero no supo hacerlo de la sinrazón.
Cuando unas semanas después se la llevaron - porque estaba loca, tan loca que pretendía abrir los ojos a los demás sobre el infierno que podía estar oculto en cada casa bajo las formas más simples, bajo los colores más alegres- las pinzas se revolvieron satisfechas, como si no supieran que sin aquella mujer ya no eran nada.