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Hilanderas
El conejo, la oveja y el perro

escrito por Marta

 
 
No le gustaban los animales. Nunca le habían gustado, pero hacía un ejercicio de voluntad y procuraba, a veces, acarician un gato o decir una palabra amable a un perro.

  Los hombres si le gustaban. Mucho. Desde siempre, y no hacía ningún tipo de ejercicio para fortalecer una voluntad dominara este instinto. Disfrutaba en su compañía y con su sexo.

 Cuando conoció a Tomás, casi sin darse cuenta, se le fue complicando la vida. Era un hombre absorbente, no la dejaba un instante y  esto le gustaba, le producía un placer morboso. Nunca le había pasado, ejercía sobre ella un extraño hechizo y su presencia cerca, le erizaba la piel.

 Así Luisa fue aceptando una serie de exigencias de su hombre que con el tiempo se convirtieron en costumbre, como que dejara de ver a otros, a otras e incluso que no asistiera más al trabajo, porque él la necesitaba, podía querer follar con ella en cualquier momento si pasaba por allí con el taxi y la quería, la quería tanto….

 Tanto la quería que empezó a sentir la necesidad de maltratarla. A ella en el fondo parecía gustarle. Comenzó a insultarla y como Luisa lo encajaba bien, un día que llegó borracho y con sospechas de que había estado con otro hombre, la golpeó.

 A esta primera vez le sucedieron otras muchas y Luisa se fue transformando en un ser silencioso al que se le comenzó a poner cara de conejo. Los ojos se le redondearon y husmeaba el ambiente cuando oía el ascensor por ver si Tomás subía. Cuando detectaba que era así, se iba a un rincón y temblaba.

 ¡Inútil!, la decía él, ni siquiera eres capaz de darme un hijo. Otras veces no era así, ¿has visto que polla tengo?. Es toda para ti. Ella siempre temblaba y ya no sabía si era por miedo o por deseo. Empezó a confundir sus sentimientos y a darse cuenta que era un conejo.

 Ese pequeño animal cobarde y temblón que había visto criar en su infancia en conejeras, se fue apoderando de ella. Ya no podía pensar. Las ideas se le escurrían en su cerebro. En realidad, no sabía hacer nada y Tomás sabía muy bien quien era ella.

 Sólo en algún momento de soledad su cabeza se disparaba en una locura que la convertía en perro rabioso y gruñía y se golpeaba contra las paredes y se odiaba, porque a ella no le gustaban los animales.

 Este estado alterno de rabia-temblor, temblor-temblor-rabia la desquiciaba mucho y la producía fuertes dolores de cabeza, hasta el punto que necesitó decir a Tomás que tenía que ir al médico porque la cabeza le iba a estallar. “Bueno, ve”. Dijo él, que estaba borracho.

 Fue en ese momento: cuando dijo ve, que el perro rabioso que llevaba dentro, se escapó por una rendija, ve, vee, beee, beeeeee. Y se abalanzó sobre Tomás como si fuera una oveja y le mordió en la yugular. La oveja no comprendía (estaba borracho), quería interpretarlo como un acercamiento sexual, así que se bajó como pudo los pantalones. Pero el perro seguía apretando el cuello fuertemente con los dientes. La sangre empezó a manar y la oveja manoteaba ahora. El color de los hematíes azuzó la fuerza del perro que se ensañaba con su víctima sin vigor para defenderse. De un salto se encaramó sobre el pene que arrancó de un bocado. Tomás, anegado en sangre, no pudo gritar sólo un enorme ronquido brotó de su garganta, antes de perder el conocimiento.

 Aun siguió el perro mordiendo el vientre, los muslos… hasta que comprendió que la oveja no daba respuesta alguna. Se levantó del suelo y tomó distancia como para entender que ocurría. Vio que la sangre salía a borbotones de su garganta y del lugar donde antes estaba su sexo. Vio como el fluido se deslizaba por las curvas de su cuerpo hasta caer en aquella alfombra clarita que por momentos se iba convirtiendo en roja. Miró como se expandía el color lentamente y lo claro se achicaba. Se quedó así, de pie frente a ese espectáculo incomprensible hasta que una convulsión de Tomás, la sacó de su ensimismamiento.

 El sobresalto la hizo sentir que estaba asustada y fue al baño y se miró al espejo. Tenía la cara llena de sangre, la boca, la camiseta. Se miró las manos rojas. Abrió el grifo del lavabo y comenzó a lavarse con energía; se quitó la camiseta que también lavó y luego el sujetador. Frotó y frotó hasta hacer desaparecer completamente la sangre de su ropa, y su estado nervioso comenzó a remitir al punto, que notó que no tenía ya dolor de cabeza. Se metió en la ducha y sintió como el agua la limpiaba largamente.

 Luisa se vistió de blanco y volvió al salón donde Tomás cada vez estaba más pálido; parecía una oveja.

 Lentamente se agachó a recoger ese pedacito que había seccionado con los dientes y como si de un ritual se tratara lo lavó con amor y lo metió en un frasco  que llenó de alcohol y con pausa cerró herméticamente y lo introdujo en una bolsa del supermercado, de las que de forma previsora guardaba en el cajón de la cocina para darles un segundo uso. De nuevo miró a Tomás tendido en el suelo, apenas un momento antes de marcharse.

 

Yo la conocí muy lejos de allí una mañana soleada, parada frente a una gran casa cerca de la carretera de una ciudad costera con una bolsa en la mano, mirando un luminoso apagado pero en el que se podía leer en grandes letras “LOLITA´S  CLUB”.

Marta/oct07 - Viernes, 11 de Septiembre del 2009
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