

Ahora recuerda, porque entonces no le dio importancia, que hace ya unas semanas notó que bajo la puerta de la habitación de la niña había una marca sinuosa y sonrosada, como de arco de nácar en una concha, y que tuvo que frotar mucho para volver a dejar la baldosa tan brillante como antes, sin la huella de lo que, sin duda, era un talón de niño muy pequeño. Ésa fue la primera cosa inexplicable y a partir de ahí siguieron sucediendo otras. Ahora toda la casa está llena de esas gentes silenciosas que no sabe de dónde han venido.
Debajo de la mesa grande del comedor están sentados dos jóvenes de piel oscura que no ocupan mucho porque deben de ser anoréxicos los pobres y una mujer que va tapada de arriba abajo con un inmenso manto bordado que no sé para qué le vale si no lo luce ahí metida, con lo bonitas que son esas telas de manera que casi no se pueden arrimar las sillas y en el sitio que normalmente ocupa el paragüero en invierno ahora está esa imagen que mira sin mirar, como si ella fuera transparente, de un anciano apergaminado con la piel del color del té de Ceilán la verdad es que todos están demasiado delgados, será la moda en esos sitios de donde vienen, porque aquí ni eso, que están todos por debajo de la 32 y ya queda hasta feo
Que de repente todo el salón y la alfombra del pasillo estén llenos de esas figuras exóticas incluso podría ser soportable si pensase que es pasajero, que son una especie de excursión multicultural de visita, como japoneses en Toledo, pero sin cámara, y que, una vez hecho el recorrido por su casa, volverán a sus lugares de procedencia y ella podrá contarlo como una original anécdota el sábado noche, en la cena de matrimonios que por cierto cada vez somos menos porque el colesterol nos invade, como los moros a Ceuta, y a Madrid también, que no sé a donde va a ir a parar ésto pero ya ha notado que no es así, que algunos, los que parecían dormir y estar teniendo una pesadilla con esas caras tan crispadas, en realidad son cadáveres macilentos y eso si que no, a ver como los limpio yo sola y además que qué diría la Guardia Civil.
Tiene que encontrar el agujero por donde se le están colando, tiene que hacerlo rápidamente y taparlo ella sola, con sus manos, sin dar oportunidad a que se entere nadie, ni siquiera Juan, de lo que está pasando al fin y al cabo estoy acostumbrada, nunca se entera de nada, como la vez que la niña hizo aquello en el colegio o lo de Juanito y aquel otro niño tan raro en el gimnasio, que todo lo tuve que tapar yo y seguir como si nada, porque los hombres, ya se sabe, no valen para según qué cosas, que enseguida les sube la tensión y dicen aquello de «por mis cojones» que me pone tan nerviosa.
Mientras revisa, una por una, las habitaciones de la casa, piensa que no hay mal que por bien no venga y ahora agradece que el otro día la dejara plantada la asistenta ecuatoriana que yo creo que ella también veía los rastros y por eso se fue, para no tener que limpiarlos y no haya sido capaz de reponerla aún, que todas son iguales y acaba ella siempre quitando el polvo del living como antes, cuando no tenía living.
Va a ser difícil. Ésto es más grande de lo que había creído, todas las habitaciones tienen presencias, todas están ocupadas y es más, no parece si no que aumentan por segundos, como que en el baño pequeño esta mañana solo había un niño raro jugando con el agua y ahora al pasar he visto que se ha debido de traer a toda la familia y están haciendo té en el bidé pero ella siempre ha sido una mujer de recursos y no le van a faltar las ideas, de peores ha salido como aquella tarde que a las ocho me dice Juan que viene a cenar su jefe y tuve que improvisar de aquella manera y todo quedó muy chic.
Ya sabe por donde empezar. Resueltamente va apagando los televisores, varios, casi uno en cada habitación, que están encendidos todo el día aunque nadie les haga caso, y ya con eso nota como las presencias van bajando en cantidad y volumen de modo que estoy en el buen camino. Se para a mirar el efecto y así es, algunos se han ido ya, como aquella horda formada por lo que parecían chechenos, kurdos, palestinos o iraquíes ésos eran los peores, ésos daban mucho miedo, tenían una actitud feroz que hace un rato limpiaban sus armas sobre la alfombra del despacho, hasta entonces sin usar, porque sólo lo utiliza su marido para la siesta del sábado en el sillón de orejas.
Está claro que ésa es la manera de solucionarlo, pero sólo en parte, porque algunos se resisten, y aunque un poco más desvaídos, siguen estando y la siguen mirando con esa expresión... Pero ¿qué querrán decir con esa expresión?
De nuevo el recorrido a conciencia, mirando debajo de todo, detrás de todo. Aprovecha para ir cerrando ventanas, abriendo pomos de olores perfumados éste es muy rico, es inglés y huele a rosas y poniendo a funcionar los aparatos de música de la casa, también varios, de modo que suene suave y acompañadora bailables románticos de los de antes, éso sí que es bonito, las grandes orquestas.
Ya va pudiendo respirar tranquila. Mira satisfecha su casa en casi perfecto orden, como siempre. Casi. Hay, aún, una mujer creo que es una mujer, pero podría ser cualquier cosa, no se le nota nada como clavada en una esquina, como pegada en la pared sin querer irse.
Se acerca a ella, la aventa con las manos sin conseguir que se mueva. Piensa que en alguna parte hay un fallo, que en algún sitio queda algo en lo que no ha pensado, de modo que busca y rebusca. No hay nada más a excepción de las revistas de moda y decoración, pero por si acaso las ojea rápido. Ahí está, escondido entre las paginas de anuncios de cremas de diseño, agazapado, como un tigre astuto, un artículo sobre la mujer en el tercer mundo seguro que estas revistas publican esto para estar a la moda, pero no es con mala intención. Ése es el motivo de la resistencia de aquella última presencia en su casa.
Ya está. Arreglado. Ahora si que todo vuelve a ser como siempre, cada cosa en su sitio, la paz reinando de nuevo en su hogar que bastante trabajo nos ha costado a Juan y a mí poder vivir así, que al principio no teníamos más que deudas y ha sido todo con mucho esfuerzo.
Se sienta tranquila a descansar, con las manos en el regazo, en esa pose en la que se encuentra tan bien, tan segura, tan señora. Pero no le sale del todo, es como si se le hubiera quedado pegado al paladar un regusto amargo, una sequedad pero seré tonta, yo no puedo hacer nada por ellos, que lo hagan los políticos, que para éso ya pagamos los impuestos y a nosotros nadie nos ha regalado nada.
En el exterior, se cuelgan en las líneas de un pentagrama imaginario las notas que van saliendo desde una ventana abierta. Se van clavando, como pequeños remaches a diferentes alturas del aire, las emociones, una por cada nota, del Canto de la libertad de los esclavos. La caravana de seres humanos recién expulsada, lo encuentra como un faro emitiendo pequeñas señales a seguir, en su camino hacia las arenas de otro desierto impoluto.