
Todo resuena, apenas se rompe el equilibrio de las cosas. Los árboles y las yerbas son silenciosos; el viento los agita y resuenan. El Agua está callada: el aire la mueve, y resuena; las olas mugen: algo las oprime; la cascada se precipita: le falta suelo; el lago hierve: algo lo calienta. Son mudos los metales y las piedras, pero si algo los golpea, resuenan. Así el hombre. Si habla, es que no puede contenerse; si se emociona, canta; si sufre se lamenta. Todo lo que sale de su boca en forma de sonido se debe a una ruptura de su equilibrio.
La música nos sirve para desplegar los sentimientos comprimidos en nuestro fuero interno. Escogemos los materiales que más fácilmente resuenan y con ellos fabricamos instrumentos sonoros: metal y piedra, bambú y seda, calabazas y arcilla, piel y madera. El cielo no procede de otro modo. También él escoge aquello que más fácilmente resuena: los pájaros en la primavera; el trueno en verano; los insectos en otoño; el viento en invierno. Una tras otra, las cuatro estaciones se persiguen en una cacería que no tiene fin. Y su continuo transcurrir, ¿no es también una prueba de que el equilibrio cósmico se ha roto?
Lo mismo sucede entre los hombres; el más perfecto de los sonidos humanos es la palabra; la literatura, a su vez, es la forma más perfecta de la palabra. Y así, cuando el equilibrio se rompe, el cielo escoge entre los hombres a aquellos que son más sensibles, y los hace resonar.
(Octavio Paz. “Chuang-Tzu” – traducciones – Biblioteca de Ensayo Siruela.
Han-Yu (siglos VIII y IX) es uno de los clásicos del periodo Tang. Reformador del lenguaje y de las costumbres, se batió con la misma impasible severidad contra los abusos de los poderosos y contra los excesos de los literatos. Seguidor de Confucio, combatió las tendencias de budistas y taoistas. Denunció con particular saña al budismo, al que consideraba una herejía extranjera. Su severidad, no excluye, sin embargo, el humor y la ironía. Han-Yu creía que es escritor es ante todo un hombre público, cuyo deber más alto es preservar la pureza del lenguaje y vigilar que los poderosos no se aparten del camino recto.