Ana se despierta a la hora acostumbrada, en la misma postura de siempre. Abre plácidamente los ojos y, como hace a diario, sin moverse, dirige la mirada al balcón. Ve el exterior aún oscuro a través del cristal. Suele quedarse así un buen rato, absorta. Por la mañana casi siempre planea las tareas que tiene que hacer en el día que empieza, o recuerda la noche anterior.
Esta vez ríe. Decide no pensar demasiado en la cantidad de copas que tomó anoche y en cómo llegó tambaleándose. La resaca es ahora tan aguda que hasta el colchón le parece más duro. Y achinando los ojos comprueba que falta un cuadro en la pared.
-Seguro que lo tiré al entrar- murmura.
Tiene que contener la risa al recordar el jaleo que montó por no encender la luz: hizo rebotar el colchón cuando dejó caer todo su peso en la cama, pensando que estaba más cerca, y antes golpeó un montón de embalajes en la habitación, porque no recordaba que estuvieran ahí antes de irse.
-Lo importante es que no desperté a Javier- piensa.
Aunque en este momento, tumbada tranquila hacia el balcón, no se pregunta cómo logró que él durmiera sin protestar, sino por qué sigue a esta hora tapado con la manta hasta la cabeza, si ya tendría que estar yéndose al trabajo. Aun así, decide no avisarlo, porque nada puede interrumpir su momento preferido.
Hoy tampoco quiere repasar todo lo que tiene que hacer. Ya anoche, el escandaloso llavero que se le caía al entrar, le hizo pensar en lo mal que cumplía sus obligaciones como presidenta de la nueva comunidad: «Hace días que tenía que haber dado esa estúpida llave maestra a la chica de mantenimiento».
-Culpándome no consigo nada- se dice. Aunque no puede evitar agobiarse porque sabe que tendrá que dedicarse a ello sin falta.
Pero no va a pensarlo; simplemente sigue mirando. Le encanta observar el edificio del otro lado de la calle. Lo ha hecho cada uno de los días de las dos semanas que llevan viviendo allí. Es de los pocos bloques antiguos de la zona, ahora sobreedificada. Es pequeño y con la fachada en mal estado, pero a ella le gusta más que las manzanas recién construidas de pisos iguales, con balcones exactos y decoración comprada en los mismos sitios.
Por eso disfruta observando la terraza de la calle de enfrente, solo que esta mañana, para su asombro, no ve ni la terraza, ni la pared, ni nada. Así que, se sobresalta, abre mucho los ojos, y pega un brinco hasta el balcón. Está desnuda porque anoche tenía más calor de lo normal, seguramente a causa de la borrachera, o de lo pesadas que se le hicieron tantas escaleras, o quizás porque Javier había subido la calefacción sin motivo; pero aun sin pijama, pega su cuerpo al cristal. Entonces respira tranquila, porque ahí está, el edificio, como todos los días, aunque -¡sorpresa!- hoy lo ve varios metros más abajo. Y todavía más abajo, en la acera, está Javier, caminando con su traje y su maletín y su gesto sereno de negación con la cabeza.
Así que, sin apenas dar crédito a lo que ha pasado, aprieta las manos contra la ventana y eleva el cuerpo hasta no tener casi apoyo en los pies. Desde un piso más arriba, se ve todo peor, pero las cosas más claras, por lo que aprieta los dientes, traga, y un río incandescente le sube por la cara.
-¿Me río o lloro?- se pregunta mientras va dándose la vuelta.
-Mejor que me trague la tierra.
Y sin notarlo, se activa en sus labios una mueca repetitiva, en un acto nervioso que ridiculiza aún más la expresión enorme de sus ojos, a la vez que intenta acercarse a su ropa, sin despertar a quien quiera que esté ahí bajo la manta. No sabe si habrá sido él o ella su acompañante de alcoba, porque sus vecinos de arriba eran una pareja, y tampoco se explica por qué estaría sólo uno en la cama. Pero piensa que descubrirlo es lo de menos, dada la situación, sobre todo porque en este instante el sonido de la puerta principal le dice que va a tener la respuesta al momento.