
Se comunicaba apenas con un gesto. Extendía la mano y así pedía ayuda para librarse de ese líquido viscoso que le cubría.
- ¡Espere abuelo que estoy limpiando, no haberse cagao!
Retornaba entonces a su mundo de pájaros y olor a romero del pueblo donde creía que vivió una vez.
- El pueblo sí que existió, pensaba, aunque quizás haya desaparecido. Íbamos a segar en el verano, nos levantábamos cuando aun no había clareado para aprovechar el fresco de la mañana. Los niños ayudábamos. Pronto el sol dibujaba el horizonte y al poco empezaba a hacer calor y el sudor humedecía la ropa que se pegaba al cuerpo y me mojaba los labios con la lengua y sabía a sal. No cabe duda de que el pueblo ha desaparecido, porque sino, yo estaría allí jugando en el heno si era verano y asando bellotas en una fogata si era invierno. Había invierno y verano, ahora no lo sé.
No se daba cuenta de que estaba desde hacía mucho tiempo, en ese cuarto limpio y luminoso que, en ocasiones, compartía con otra persona y que tenía una temperatura constante que le hacía olvidar los tiempos largos. Los cortos no.
- Hay día y noche, se decía.
En la noche apagan la luz y le dicen: «¡Venga abuelo, a dormir!»
Pero él aprovecha ese momento para regresar a su pueblo y atar un cordel al rabo de las lagartijas a una piedra para que no puedan huir. Él si puede. Siempre lo hace, pasa desapercibido, cree que es invisible y por eso hace lo que quiere.
Le regañan a veces, pero por cosas absurdas que no son sus cosas, son las de otros, -- ¿Me oye abuelo?, ¿Me oye? ¡ no vuelva a tirar la ropa al suelo! ¿entendido?
Esto le acentúa una sensación sórdida que tiene instalada en su vida desde hace tanto tiempo, que cree que es parte de él. Cuando la nota especialmente, busca con su mano derecha el codo del brazo izquierdo y lo palpa, acaricia la articulación, aprieta el hueso durante un rato, como si le ayudara a reconocerse, para así encontrar lo que es, lo que ocupa y ahuyentar el vacío.
- Es importante saber donde uno está.
En algunas ocasiones nota que esas personas de blanco y de azul que viven con él le miran, a veces percibe que lo hacen durante demasiado tiempo y entonces el corazón le late con fuerza hasta oírlo en sus sienes como un tambor, Se queda inmóvil para que no se note, no le gusta llamar la atención, por algo que no acierta a comprender cree que eso le traerá la desgracia.
Debió tener algún nombre, que ya olvidó. Abuelo le llaman ahora.
- Quizás no fuera un nombre, puede que me nombraran con un número Le cuesta recordar
- Los números cuando son largos, se parecen tanto a los nombres con sus apellidos y aunque no entiende le gusta verlos escritos; adivina que ocultan un mundo fascinante, lleno de poderes ocultos.
- Las comas valen para ordenar los nombres y las cifras. Los puntos también.Dedicaba mucho tiempo a pensar.
- “Contar sí que se, y sumar y restar con llevadas”.
De lo que no hay duda es de que ahora, Abuelo es como le llaman.
Las lagartijas a veces, se cortan la cola de tanto tirar para soltarse y cuando vuelve, solo está el trocito. Unas veces sí y otras veces no; le gusta ese juego.
Con frecuencia se entretiene sumando piedras que recoge del campo y las coloca en hilera. Cuando tiene una fila de veinte, para, porque está agotado. Son pesadas esas piedras, en realidad no sabe por qué las carga si le producen tanto cansancio, sin embargo lo hace una y otra vez.
Lleva tanto haciendo esto, que se permite hacer variaciones. Ya no las pone siempre en hilera, ahora hace dibujos con ellas. Dibujos simples: círculos, una casa (que deja inconclusa porque con veinte piedras no se puede terminar), hasta alguna vez ha realizado extraños dibujos como un zigzagueo y cosas así…
¡Abuelo venga, que hay que ponerle un rato el oxígeno, que está muy fatigado! Y le tapan la boca, pero a él le da igual porque siempre, siempre se escapa, como aquella vez del campo de concentración cuando todo era mucho más difícil, aunque no recuerda bien cómo fue.