
Abrió el cajón y sacó el cuaderno con cuidado de que los años no lo partieran en dos. Pasó las hojas con delicadeza, pero lo que tenía entre las manos no podía devolverle el recuerdo; las letras que habían ido conformando aquellas historias –a golpe de estación de metro, de semáforo en rojo, de melancolía atrapada– se habían vuelto borrosas, casi ilegibles. Muchas palabras habían desaparecido por completo, aplastadas por el peso del polvo. No encontraba ningún orden a aquellos garabatos. Entonces pensó en el local de la música contenta, donde las inquietudes se convierten en realidades y las preocupaciones encuentran compañía. Entornó la puerta despacio, como quien saborea la ilusión mientras abre un regalo. Allí, entre los tarros de colores, se extendía una mesa blanca –grande y blanca– e impaciente por vestirse con unas manos nuevas. Ellas compartían lapiceros y mitades de letras que recogieron del suelo alguna vez.
Todo iba teniendo sentido... Pudo volver a leer.